Me muero cada treinta horas

Fotos: Manuela Barrueco

Por Carola Urdangarin

No puedo dejar de pensar en las 275 que se murieron en el último año. No puedo dejar de pensar en los 317 nenes que se quedaron sin mamá por un hijo de puta que, en la mayoría de los casos, es su papá.

Cada treinta horas muere una mujer por lo que, casi fríamente, llamamos femicidio. Cada treinta horas. Este país hecho de promedios mentirosos y estadísticas falsas tiene esos números hoy (y obvio que no salen de organismos del Estado). Y en cada número hay una de nosotras: una que es mamá y dejó ese hijo a la deriva del mundo machista, una que salía de la facultad, una que todavía no terminó el secundario, una que confió en el forro que estaba del otro lado de la computadora, una que caminaba feliz a ver a las amigas y se cruzó con la muerte. Una. Una de nosotras.

Seguimos marchando y nos siguen matando

Ayer, otro 3 de junio. Otro 3 de junio que volvimos a marchar, que volvimos a gritar que no queremos ni una menos. Otro 3 de junio de plazas llenas de mujeres, hombres y chicos con banderas, con carteles, con fotos de mamás, hijas y amigas a las que ya nos mataron. Otro 3 de junio en el que llego a casa a la noche y me pregunto si sirve de algo, si nos fortalecimos, si se morirá una menos, si la mente de estos enfermos se habrá, aunque sea, empezado a preguntar qué está haciendo.

Me duele en el alma porque caminé con todas, me emocioné, grité, pedí, lloré.  Pero hoy, a un día, esas y otras preguntas empiezan a tener posibles respuestas para mí: ¿si sirve? Sí, seguro sirve para que quienes hoy administran el Estado pongan un poquito de esfuerzo y plata en políticas públicas que cuiden nuestros derechos. ¿Si nos fortalecimos? Capaz… pero estoy segura de que a las mentes machistas y enfermas de estos asesinos no les hicimos ni cosquillas. ¿Si se morirá una menos? Ojalá, no nos pueden dejar morir y sufrir así.

Decime pesimista y criticame por no ser políticamente correcta, pero con algunas cosas no tranzo. Con los que se sacan la foto con el cartelito y el hashtag de #NiUnaMenos y después preguntan qué tenían puesto cuando las violaron, no tranzo. Con el que te abre la puerta del auto pero después te caga a trompadas, tampoco. Con el que se jacta de gran tipo y después paga para estar con una mina a la que le explotan su cuerpo y humillan, tampoco.

No trancemos más, no. No nos dejemos engañar. Solamente luchemos: luchemos por criar menos machitos que miren culos en las revistas de papá, por menos pibes que piensen que tienen derecho de hacernos sentir menos, por menos parejas enfermas que crean que la cachetada soluciona más que la palabra, por más derechos, por menos jueces que te digan “algo habrás hecho”, por menos policías que te adviertan que la denuncia no va a llegar a ningún lado “porque ya no tenes una marca en el cuerpo”…

Luchemos por combatir la trata, ese negocio de traficar mujeres como mercancía para que después tu marido, tu papá, tu hermano o tu amigo paguen para comérsela. Luchemos por, aunque sea, tener un debate nacional sobre el aborto. Sobre el flagelo del embarazo adolescente producto de la falta de educación sexual. Sobre las miles de mujeres con plata que van, abortan y vuelven a sus casas. Pero sobre todo por las otras pobres miles que no quisieron tener ese hijo, que no van a poder criarlo como se merece, y que abortan en manos de cualquiera y se mueren. Se mueren por culpa de un país que todavía no se anima a revelarse en contra de la Iglesia. Se mueren porque piensan que si se despenaliza vamos a correr todas a abortar, como si no nos pareciera un espanto. Se mueren porque no pensamos, no queremos pensar. Pero al fin… se mueren.

Y yo me muero con ellas cada treinta horas. Me muero con la que llegó al hospital violada y ahorcada. Me muero con la que apareció en un baldío con cincuenta puñaladas. Me muero con la que murió a golpes. Me muero con la que se desangró abortando. Me morí con Ángeles, con Candela, con Micaela, con Wanda, con Nora, con todas ellas. Me muero cada treinta horas.

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