Decidiendo si matar o morir

Por CAROLA URDANGARIN

  1. “El médico que mató al ladrón es un asesino y punto. No podemos tener armas en nuestras casas únicamente por si algún día nos roban, por si pasa algo. No es así. La persona que murió también era persona, ¿y los derechos humanos de él? La que realmente debería juzgarlo es, precisamente, la Justicia. No un tipo que, no sabemos cómo, tiene un arma encima”.
  2. “Pero si es un chorro que viene a sacarte lo que juntaste en el mes, si es un hijo de puta mal parido que lo único que quiere es cagarte la vida y matarte a tu familia. Se merecen morir, pero no así, colgados, de a poquito, sufriendo. Si todos pudiésemos ver que, al fin y al cabo, el que roba y mata termina así, no nos animaríamos a hacerlo, ¿o no?”.

Si en ese “¿o no?” buscaba aprobación, lo siento. Por empezar, déjenme decir que la cagaron cuando la hicieron otra estúpida y chata pelea PRO vs. Kirchnerismo. “Fijate lo que está pasando desde que asumió Mugricio, fíjate lo que es la dictadura de los globos” vs. “Esto es culpa de los doce años de kirchnerismo… po po po porque corrupción y José López”. Y claro… ¡mira si nosotros vamos a poder tomarnos un debate en serio y empezar a solucionar problemas que son ya estructurales! JAJA ni ahí, ¿no?

En ese debate cortito pero intenso que se dio en la clase post-noticia (del caso del médico que mató al ladrón), me encontré con dos de las posturas que se escuchan en cualquier lado, en todos lados. Las dos predominantes, encima.  Y entendí que los dos tenían razón, en parte (y también entendí que en el medio de la selva estaríamos más a salvo).

Voy a crear una escena ficticia para no ir a ningún caso en particular: estoy entrando a casa con el auto, llegan dos tipos en moto, me afanan todo. Todo. Encima me apuntan con el arma en la sien y me cagan a patadas mientras escucho los gritos de mi marido llamando a la policía desde adentro, que seguro cae a 20 km/h, en una o dos horitas. Se repite 19 veces en menos de un año, con algunas diferencias casuales. ¿Y? Me caliento, me siento la más impotente del mundo, la boluda a la que le afanan a cada rato. La desprotegida, la que a todos les importa nada –y lo peor: no es de ahora ni de la última década, sino desde que nací-. Entonces, como sea, compro un arma. Ni pienso en matarlos, no. Pero al menos cuando vengan les apunto y salen corriendo. Y zafo de la vigésima vez.

Y cuando vienen la vigésima, no salen corriendo: me afanan igual. Vuelvo a tener a un chorro apoyándome un arma en la cabeza, mientras veo al otro patear la puerta de casa para entrar y seguir por mi familia. Y disparo. Y se muere uno, o los dos. Y soy una asesina. ¡Una asesina yo! Yo que lo único que quería era que la policía viniera rápido, o que estos pibes ya estuvieran en cana por haberle robado a tantos otros. ¡Yo! Yo que pago impuestos para que estén en las cárceles con comida, una cama, y puedan reinsertarse en la sociedad ese día que salgan con condena cumplida. Lo maté yo.

Y ahora 40 millones de tarados debaten sobre lo que hice, mientras voy en el asiento de atrás de un móvil de la policía que me lleva –sabe Dios por cuánto tiempo- a un cuadrado de tres paredes y una reja.

Y así estamos, argentinos. Sin poder entender que la justicia por mano propia no es Justicia. Desamparados. Así: con un hermano, amigo o padre menos. Una persona menos, y de nuestro país, aunque les cueste admitirlo – porque nos gusta más decir que el que nos robó era boliviano o paraguayo y patear la pelota afuera de la cancha-. Así, esperando que algún día se levanten de la silla desde la que cuentan la plata de las coimas, únicamente para cuidarnos un poquito. Así, viendo si a los que nos gobiernan les pinta construir nuevas cárceles porque las que hay no dan más de llenas, moverse, pensar en cuántos se están muriendo, perdiendo cualquier tipo de etiqueta de “víctima” o “victimario”. Así, como en la selva: decidiendo si morir o matar.

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