No es política, es ilusión

Por CAROLA URDANGARIN

Y nos ilusionamos, ¿qué vamos a hacer? ¿Qué otra opción tenemos?

Nos ilusionamos con salir de la dictadura cívico-militar que se llevó a tantos. Nos ilusionamos con el señor de patillas que acabaría con la hiperinflación, lo seguimos –decía que no nos iba a defraudar-. Con el serio Fernando que venía a dar por muerta a aquella algarabía efímera de Ferraris y famosos, y que terminó por matar algún que otro ser humano. Con los cinco de esa semana loca, también. Incluso con Duhalde. Nos ilusionamos con cualquiera. Nos ilusionamos con Néstor y la política en manos de un gobernador sencillo del interior que se arremangaba la camisa vieja. También con Cristina, y el carisma abrumador que nos decía que todo estaba bien. Nos volvimos a ilusionar con las camisas celestes de los que supimos decir que eran tan millonarios con sus empresas que qué podían querer robarle a algo tan pobre como nuestro Estado.

Y no sé si es política, creo que ya es literatura. Porque a veces pienso que ni en las ficciones más fantásticas de los 60 y 70 han podido los autores superar esta capacidad para hacer tan cíclico algo, y que nos parezca que siempre –pero siempre- viene el cambio (no el slogan).

Hay algo que me motivó a sentir esto. Ni siquiera sé si viene al caso, capaz le quito el dejo de credibilidad que pueda tener. Pero de verdad, no entiendo.

Nos ilusionamos de nuevo los soñadores jóvenes que creemos que nuestro primer voto presidencial cambiará el mundo. Pero también los adultos que vieron pasar como en un desfile a todos esos Presidentes que nos prometieron sacar adelante este cacho de tierra hermoso. Ellos también se ilusionan cada cuatro años -o más, circunstancialmente-.

Flora, fauna, turismo, gastronomía, carisma, recursos naturales, que sé yo. Cuando repaso siento que tenemos todo para que –aunque sea- no haya chicos muriéndose de hambre. Y ya no los que usamos siempre. Ya no el nene de Chaco que nos parece tan lejano. Al lado nuestro.

Y es impotencia, supongo. Porque no se nos ocurre qué hacer. Meterse en política es sinónimo de ensuciarse las manos aunque desistas, votar ya es como esperar a ver que especie de bomba posiciono en el sillón de Rivadavia (¿?) para ver si tarda más o menos tiempo en explotar, resignarse es de renegado, soñar es de pelotudo.

Y después nos piden que no generalicemos.Sabemos que alguno habrá peleando por nosotros, chiquitito, ínfimo… pero no lo vemos. Si estamos cansados. Si han hecho con nosotros lo que han querido. Y nos ilusionamos, ¿qué vamos a hacer? ¿Qué otra opción tenemos? Y ustedes bailan -señores acaudalados- sobre nuestra ilusión, mientras se nos cagan de risa. Ojalá algún día me arrepienta de haber escrito esto y encuentre alguien a quien reconocer casi por completo por su labor.

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