Piba, decile qué hacer

Por CAROLA URDANGARIN

Una parada circunstancial, las seis de la tarde. Una espera de esas que ponen de mal humor por la llegada tarde de otro irresponsable. Y ellos, eran dos. Displicente y con gestualidad arrogante, ella, podríamos llamarle Candela. Vencido y a sus pies, él, por qué no podría llamarse Juan.

Eran una pareja, o al menos lo habían sido. Seguro una pareja de esas de estos tiempos en los que un simple mensajito de whatsapp nos arruina años de amor. A la vez, una pareja que no repara en la cantidad de años que llevan como tal, sino en el disfrute mutuo (¡Al fin!). Una pareja despareja: ella medía más o menos un metro sesenta y cinco, y él media decena de centímetros menos.

Hacían ademanes, ella miraba cualquier cosa menos los ojos de Juan. Para atrás, para adelante, miraba la hora en el celular. Él era uno de esos especímenes que, desesperados, necesitan expresar lo que sienten mirando fijamente a los ojos del que tiene en frente, y por eso seguía con la mirada –y con la cabeza- cada movimiento de Candela, pero no había caso, no había contacto entre esos cuatro ojos.

Chorreaban corazones de la mirada de ese tipo, y la de ella levantaba cartelitos de “no me importa”. Pasaba la gente por al lado suyo y Candela se ponía más nerviosa y más histérica, como queriendo irse a toda costa. Pero a él ni lo inmutaban: estaba como aislado, parado en el medio de la vereda, con el sol ya escondido tras el Palacio de Aguas Argentinas, desencajado y olvidando que además de esa chica hay un mundo.

La espera seguía, ni siquiera habrán pasado más de tres minutos, pero esos chicos desbordaban expresión.

Acercarse no era simplemente un acto de chusma de pueblo que saca la silla a la vereda, era ver si necesitaban algo, si necesitaban que los ayude, que los separe, que les diga algo, o que los escuche -que era mucho mejor-.

Así que sin mucha vuelta, acercarme a continuar mi espera sentada en el cantero que tenía a Candela y Juan a un metro, fue una gran solución para todos. Y ese fue como un primer plano.

“No me jodas más, te pedí que te vayas” debe haber repetido la chica en cuatro o cinco oportunidades en un mismo minuto. Él hubiese sido el perfecto actor de comedia romántica estadounidense que derrite a cualquier espectador con su llanto anti-hombril. Lloraba como un chico cuando se entera que Papá Noel son los padres, daba pena.

Entre lágrimas, mocos y todos los fluidos que recorren la cara de cualquier ser humano que llora desconsolado, esbozó un “¿Qué hago?”. “Vamos”, le dice ella agotada del papelón que creía estar viviendo.

Con esa voz nasal del llanto de un recién nacido en neonatología, y -creería- ya agotado de que ella no entienda nada, le explica su anterior pregunta: “No!!! Que qué hago. Te estoy preguntando que querés que haga para que no me dejes. ¿Qué hago?”. Sonará reiterativo pero imaginen que escucharlo era irritante para cualquiera, por la innumerable repetición de la tonta pregunta.

Ella como con la boca cerrada, como entredientes, como podrida del papelón y de él en general, le responde mientras mueve la cabeza de izquierda a derecha como negando, que quiere salir, que ella en este momento sólo tiene ganas de salir con sus amigas y no lo quiere ver más.

El llanto ya no contenía fluidos sino que, por el contrario, los expulsaba con una vehemencia abrumadora. La pregunta seguía y seguía, con alguna variante, quizá. “¿Qué hago?”, “Decime qué queres que haga, por favor”, “Vos decime qué necesitas que haga para que no me dejes”. Al final la pena se transformaba en ganas de decirle “che, piba, decile qué hacer que ya nos cansó a todos”. Pero quién es uno para arruinar semejante escena en medio de una cuadra de Ayacucho.

El hartazgo de esta muchacha era tal, que la frase que los presentes esperábamos esuchar, llegó: “No me rompas más las pelotas”, rematando con un “¡me voy!” tan arrogante que dio gusto. Y el pibe, pobre. Pobre, el pibe. No tuvo más remedio que enfrentar a los espectadores y emprender camino hasta la parada del 60.

Un buen final para este resumen mocoso podría haber sido que ella se arrepiente y vuelve corriendo, frena al colectivo en el medio de la calle, sube, y –llorando, por supuesto- le pide perdón, y se reconcilian.

Qué sabemos, ¿no? Quizá era una mujer que necesitaba gozar de todas sus libertades tranquila, y él era un tipo que se lo impedía, y por eso lo dejó, y se sacó una mochila con tres vaquillonas de encima.

O en realidad lo más probable es que el tipo fuese así con tanta frecuencia que Candela haya dicho “¡Basta!” y lo fletó de una vez por todas, harta.

Y es que es eso –y no otra cosa- lo que puede generar el hartazgo. Nunca trae cosas buenas. Si te hartás, lo mandas a mudar. Pero el cansador nunca lo entiende, porque nos gusta mucho hartar a la gente. Insistimos, repetimos, cansamos, damos ofertas y propuestas. Y a veces las cosas son más simples, y no las estamos aprovechando. Y de una patada en el culo, el hartado, me demuestra que lo pudrí.

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