Lo que dos pezones al aire generaron

Por CAROLA URDANGARIN

Ninguna red social te caga tanto a pedos como Facebook, ninguna da tantas órdenes. Bueno, no Marck y su gente en particular, sino todos. Los usuarios. Que asistas a mi evento; que copies y pegues el número de atención al suicidio para evitar que alguien muera y te sientas culpable; que compartas la foto de este perrito completamente despellejado para “salvar su vida”; que ores cada noche por el Papa que duerme desde Roma seguro pensando en vos; que te cuides de la nueva bacteria que come cuellos anunciada por una página cuyo dueño debe estar revolcándose de la risa en una pelopincho como la mía por habernos engañado; que seas buena persona; que copies y pegues en tu muro -¡y no compartas!- la oración que Dios desde ningún lugar escribió nunca para que vos leas; que apoyes a un gobierno; que “no te olvides” con una foto de Menem sentado con cara de “te estoy cagando” en la Ferrari; que odies a la yegua Cristina; que desees el bien a los demás; que etiquetes a tus cinco amigas más alcohólicas; que recomiendes libros… que sé yo. Órdenes, everywhere.

Y entre ese micromundo de compartidores oficiales que se etiqueta y obedece ante la órden, encontré una publicación sobre el tetazo que empezaba con una órden clara escrita en mayúscula: “¡SI VAS A SER FEMINISTA, REFLEXIONÁ!”. Quizá la tonta sea yo por leerlo aún sabiendo que con las primeras dos líneas bastará para enojarme –o, en su defecto, reírme con soberbia (ambas malas).

No era el tipo de publicación que desestimo apenas me doy cuenta de que el usuario tiene una edad que me es lejana y con el que no pretendo discutir –no por soberbia, ni por subestimarlo, sino por entender que no es cuestión de evangelizar de un día para el otro a una generación (o más) que ha nacido y vivido en este mundo y con estas ideas-. Era la de un pibe de mi edad. Uno al que he escuchado decir muchas veces cuánto banca que seamos libres de hacer con nuestros cuerpos lo que queramos, e incluso defender la despenalización del aborto o las multitudinarias marchas de #NiUnaMenos de los últimos dos 3 de junio.

Estuve a tres segundos de caer en la maldita tentación que nos tiene Facebook siempre a mano. Estuve a punto de comentar y empezar debajo de esa publicación uno de esos debates que no sólo no terminan jamás, sino que tampoco llevan a ninguna parte más que a una discusión en la que empiezan a meterse terceros (o cuartos o quintos) que tienen menos información que una de esas notas que comparten las abuelas sobre la cura del cáncer provenientes de las páginas a las que yo llamo “culo.com”.

Ja. No es suspenso, es boludismo: todavía no les conté lo que decía el posteo del pibe.

Carlitos. Pongamosle como a los protagonistas de las publicidades televisivas de aromatizantes para el baño o de pasta de dientes: Carlitos.

Carlitos decía en el post que el feminismo en Argentina es inmaduro. Leíste bien. Argumentaba que le parecía re super mega archi divertido y genial que saliéramos en tetas a la calle, y hasta gracioso, pero que no podía creer que este grupo de minas haya escrito un patrullero con aerosol, y golpeado a un tipo que fue hasta una mujer en topless a decirle que le parecía una estupidez lo que estaban haciendo. “Por eso…” –como si el argumento hubiese sido el de un Proyecto de Ley- “…considero que el feminismo en Argentina es inmaduro y no le llega ni a los talones a las manifestaciones de mujeres en el resto del mundo porque al final termina siendo lo mismo que el machismo, así que deberían reflexionar”. Ah! Y sumó al final, casi como en posdata, que le rompe soberanamente las pelotas que escribamos palabras con x para no determinar el sexo porque nos creemos que con esa pavada solucionamos las muertes de mujeres en Argentina. Ay, ay, ay.

Empecemos por destacar que, en principio, no salimos a la calle a mostrar las tetas como podría hacerlo una nena de tres años que, en pleno berrinche, decide sacarse la remera. Tampoco nos pareció divertido protestar por las chicas que se vieron paradas entre seis patrulleros de la policía por sacarse el corpiño en la playa. Es mucho más profundo. Quizá nos cueste entenderlo, incluso a algunas de las que estaban ahí en tetas. Es replantearse algo de lo impuesto, de lo históricamente impuesto. Es que un acto masivo -que tuvo que serlo para que los medios lo difundieran e hicieran mucho más masivo aún- sirva para, por lo menos, cuestionarnos qué hicimos nosotras y las generaciones anteriores con nuestro cuerpo en relación con el sexo opuesto. Es para que, por uno o dos días, los famosos publiquen en sus perfiles de redes sociales una imagen con un hombre y una mujer en la que ambos están en tetas (o ambos con corpiño). Es para movilizar un poco la mente de todos. Para que se despierten esas neuronas que tenemos en descanso cada vez que salimos de bañarnos y nos prendemos el ganchito (de mierda) del corpiño.

Otro punto que indigna a los usuarios que en sus posteos deciden llamarnos feminazis es el hecho de que una mina se haya sentado de rodillas en un patrullero que “controlaba” el tetazo del Obelisco para escribirlo con aerosol. Ni hablemos del tipo que “fue a dar su opinión” y sufrió una piña de una de esas señoras en tetas. Sobre esto, hasta me parece estúpido aclararlo: boludos hay en todos lados. Y violentos, también. Es el/la misma/o que rompe el Mc Donalds de la 9 de Julio cada vez que gana (o pierde ¿?) Boca o esos equipotes de señores grandes con poder; o el/la que en la marcha por la muerte del Fiscal Nisman saca un arma y dice que eso es un golpe de Estado. Es el desquiciadito de siempre que, por algún motivo u otro, no sabe qué carajo hace ahí y salta con golpes, piñas, pintura, etc. Sólo que, en este caso, son minas (¡y en tetas!).Y por eso, inconscientemente quizás, les parece mucho más grave y/o llamativo.

Yo tampoco creo –honestamente- que un frasquito de aerosol derrochado sobre la pared del Cabildo termine con el machismo que tenemos encarnado. Pero no hay dudas de que la noticia de ninguna pintora empedernida debería opacar una protesta tan significativa.

Sobre que “no le llegamos a los talones al feminismo de otros países”, ni siquiera merece mucho desarrollo. Debe haber sido un rato de poca lucidez, qué sé yo. Pero pensar que el feminismo “termina siendo” lo mismo que el machismo, es absurdo. Se me ocurren otros adjetivos pero prefiero evitarlos para no parecerles agresiva. Insisto: boludos hay en todos lados. Y entre ellos, gente que no entiende lo que esto significa ni para qué nos replanteamos lo impuesto. Pero me parece hasta cruel que digan eso, porque desinforman, mienten. El feminismo busca igualdad y también me parece cliché y poco útil decirlo porque siento que ya está claro desde hace tiempo.

“Ya consiguieron leyes que son iguales para hombres y mujeres”, me dijeron hace poco. ¡Ay, gracias por eso! (No sé, quizá esperaba que le agradezca). Es que no se trata de leyes, ni siquiera sé bien si se trata de obligar a los partidos a la “paridad” en sus listas electorales. Se trata de una búsqueda mucho más interna y personal, que terminará siendo colectiva. Se trata de aprender cada día. De encontrarse a uno mismo diciendo, haciendo o pensando desde el machismo en el que vivimos para corregirlo. De entender que no es una lucha contra el sexo masculino (¡no!). De cambiar en lo cotidiano lo que pensamos que pueda colaborar con el sexismo diario.

Se trata de aprender. Y repito esa palabra. Apender. Y escribo esto casi como una posdata:

Ojalá para lo único que reflexionemos sea para entender que el feminismo no es querer discutir con cualquier otro que piense diferente sólo por el hecho de hacerlo, sino aprender juntos. Tampoco es evangelizar, de nuevo. Si dejamos de pensar que la que se puso en tetas está loca y aunque sea nos permitimos cuestionar algo que nos parece absolutamente normal desde que nacimos (y desde antes), ya estamos contribuyendo. Eso. No pretendo decirle a mi abuela de 80 que vivió toda su vida equivocada, porque ahí también soy machista. Fue víctima de eso. No las quiero juzgar, quiero que no nos pase lo mismo. Por eso, aprendamos día a día a ser feministas.

Estoy aprendiendo, por elección, a hablar/hacer/pensar como la feminista que quiero ser. Que soy.

Y al fin y al cabo lo logramos, miren lo que dos pezones al aire generaron.

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