No soy kirchnerista y no sé qué pienso del paro

Por CAROLA URDANGARIN

Hay algo que hizo que hoy tenga tantas de escrbir. ¡Me sorprendió tanto! Sobre todo porque incluso me lo preguntó gente muy cercana: “Che, ¿vos ahora sos kirchnerista?”. Me lo preguntaron diez u once veces en lo que va de la semana (me prometí esta semana contarlas bien, pero se me pasó una). No chicos, no soy kirchnerista.

¿Qué carajo les pasa que necesitan encasillar en esos cuadrados poco pensantes a cualquiera que se rebele un poquito ante su propia línea de pensamiento del último tiempo? Durante bastante tiempo –me atrevería a decir dos años (que en mi vida de 19 es bastante)- me declaraba antikirchnerista, incluso con cierto orgullo. Me declaraba en contra de un Gobierno por algunas medidas que me parecían una cagada, por un discurso de una izquierda que no era tal (para mí, obvio, ¿quién está escribiendo?). Me declaraba antikirchnerista, así. A secas. Contra el kirchnerismo. De repente me dí cuenta que la boluda era yo. Que encasillarme contra un Gobierno en particular –que además era, inevitablemente, mi Gobierno- no me aportaba nada a mí, ni al país, ni a las elecciones, ni a los partidos políticos. No contribuía en general. Y ojo, no es que esas cosas del kirchnerismo no me sigan pareciendo una cagada, eh. Sino que ahora me planteo una mirada más global de todo. Como si hubiese deslizado los dedos de la pantalla táctil para adentro y hubiese empezado a ver un mapa mucho más amplio.

Pero retomo el hecho del asombro que me generó que me pregunten tantas veces lo mismo. Porque claramente en los últimos tiempos –quizás más específicamente en el último año- mi manera de pensar cada situación cambió mucho. “Te atacó el zurdaje universitario” me dijo un conocido del pueblo en un audio de Whatsapp que todavía conservo. No sé si es o no tan específicamente así, pero sí sé que empezar a estudiar, vivir lejos de mis papás, sola en el medio de una ciudad tan amplia como la de Buenos Aires,    -no sólo en kilómetros cuadrados o habitantes, sino en ideas- me hizo darme cuenta de que había muchas cosas pasándome por al lado y mi mente estaba tan enfocada en cerrarse a ver otras, que yo no me estaba diciendo la verdad. Parece una cosa medio mística o espiritual pero no lo es. Por no abrir la cabeza a un pensamiento un poco más amplio y empático, estaba a punto de convertirme en una niñita metida en una burbuja que tarde o temprano se rompería a los golpes.

Lo curioso es que en esta nueva manera de ver la vida en general y, por ende, la política, no hablo desde un lugar tan polarizado como para que algunos se atrevan a preguntarme tantas veces en una misma semana si soy kirchnerista. No salí con un cartel de “Cristina inocente”, o con uno de “Bonadío es Macri”. No salí diciendo que Aníbal Fernández hubiese sido el Gobernador ideal para la provincia en la que viví durante diecisiete años (¡NO!). Lo único que hice es empezar a ver una manera nueva –nueva para mí- de pararme frente a los “líderes” políticos, los partidos, las decisiones de Gobierno, la administración pública y la forma de gestión que me parece puede funcionar para sacarle el andador a esta Argentina que tiene ganas de caminar pero no tiene zapatillas.

Así, caminé uno pasitos más a la izquierda. Ojo, tampoco siento que haya hoy ningún líder o partido político que me represente ahí (me representan mucho más políticos de algunos partidos pero que ya están muertos, y no sirve).

La cuestión es que desde ese cambio que mostré –como muestro todo- en redes sociales, en conversaciones, en mis notas, mis trabajos, etc, me empezaron a preguntar incansablemente si soy kirchnerista. Supongo que tiene que ver con un Gobierno que se apoderó desde la palabra de muchas luchas que no defendía desde la acción. O quizás también tenga un poco que ver con un nuevo Gobierno que se interesa mucho –con razones lógicas pero bastante poco éticas- en profundizar “la grieta” (término maldito  del que Lanata se debe seguir cagando de risa desde un sofá) para encasillar casi demoníacamente como “kirchneristas” a todos los que disientan un poco con sus maneras educaditas de hacer política.

“Tibia” deben pensar ahora, porque no soy macrista ni kircherista. Me vuelvo a asombrar, pero esta vez me sorprende lo poquito que nos permitimos pensar, el mínimo tiempo que nos damos para decidir en qué postura tajante nos posicionamos (“de qué lado estamos”). Ahí los únicos que perdemos somos nosotros, y en consecuencia, todos. Nos imponen ideas básicas, mediocres, y ahí estamos nosotros, consumiéndolas.

Ah, pude escribir esto porque hoy me cancelaron la cursada. No porque mis docentes o institución se adhieran al paro (se ocuparon de explicarnos que no lo hacían), sino porque ninguno de ellos puede llegar para dictar la clase, así como mis compañeros –que no viven a una cuadra como yo- tampoco podrían. Y ahora deben estar preguntándose qué quise decir, qué opino del paro. Nada. Me aburren. No quiero opinar de todo, me enoja que todos estemos obligados a hacerlo por menos conocimiento que tengamos sobre el tema.

(Sobre eso escribió Nicolás Lucca, y lo explicó mucho mejor de lo que yo hubiese podido: http://blogs.perfil.com/relatodelpresente/2017-04-05-4689-derechos-beneficios-y-otros-versos-que-creemos-saber/ )

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