Un país de decimoquinto mundo

De los 13 a los 19 fui una utópica. Una idealista. Una soñadora. Creía en los políticos, leía las listas completas. Repartía ropa para los humildes, militaba para ayudar al prójimo. Creía en Dios y en los Reyes Magos.

De los 13 a los 19 fui una boluda. Soñaba con pajaritos de colores arrojando desde el cielo billetes a los pobres. O lo que es todavía peor: pensaba que, en esas listas electorales que hasta mis 16 soñé con meter en esos cuadrados de cartón, estaba el mesías que salvaría a mi país de la debacle.

Y a la vez mi concepto de debacle era no poder viajar nunca más a New York, o no recibir más labiales y ropa después de cada viaje de papá y mamá.
Y hoy la debacle me mira de reojo, acá cerca. Me mira cuando corro para escaparme del motochorro y cuando me compro un celular nuevo porque el anterior está por venderse en una galería del Once después de habérmelo robado en Plaza Italia. Me mira cuando me bajo del taxi y camino con los músculos entumecidos del miedo que me da saber que nací mujer, y eso es motivo suficiente para que me maten, o me violen. Me mira cuando salgo a bailar e intento no tomar una sola copa de más –a veces lo logro- para no estar vulnerable frente a ninguno de esos hijos e hijas de puta queriendo cometer delitos contra mí. Me mira, ahí, acá. Me mira, porque sabe que está instalada.

Pero la debacle que hospedamos en Argentina se toma cada vez más atrevimientos. Cada vez nos mira a más, y no es el mirón del barrio. Unos señores que venían a salvar el país la dejaron entrar, y decían que ese Frente sí que era para la Victoria, pero fue para la ceguera. Cerraron los ojos cuando por todas las fronteras llegaba la droga de a cientos de toneladas quemándonos la mente a los pibes y pibas –y también a los adultos-. Los cerraron también cuando los sobres caminaban por sus despachos, o cuando 52 seres morían aplastados dentro de unos cachos de chatarra oxidados a los que supimos decirles “tren”. Los cerraron cuando los aviones privados de Lazarillo entraban y salían con fangotes de guita, o cuando las monjitas de esa Iglesia tan honesta que ha sabido siempre cerrar fuerte los ojos agarraban los bolsitos de Josesito.

Por suerte después de doce años de oscuridad llegó la luz. Ah, ¿no? No. Cambiamos ceguera por negligencia. Y vuelve al país la eterna dicotomía del cambio de siglo: forros o pelotudos, soretes conscientes o ingenuos. Y acá estamos.

Ahora Reparemos ya no le cierra los ojos a la debacle que circula por ahí, sino que le pega una patada para que ésta se resienta más. ¡Ojo! Después le pide perdón. Ajusta que te ajusta, vamos recortando presupuesto –no a Calcaterra, ni a Caputo, mucho menos a las empresas de la familia- sino a los pobres, las mujeres, y hasta los discapacitados (algunos, porque los anteriores habían cerrado también los ojitos para con un click otorgar pensiones por incapacidad a pueblos enteros, como pasó en Guanaco Muerto). ¿Qué importa si los mata la droga y no tienen para morfar? ¿Qué importa si no pueden comprar las medicaciones ni aunque sea conseguir trabajo? ¿Qué importa si las matan, las violan, les pegan, las descuartizan, las empalan? ¿Qué importa? Hay deficit y ya estoy endeudado hasta el cogote, así que recorto, ajusto, y después pido perdón.

Y ahora están todos como perritos mojados pidiéndome perdón y ayuda. ¡Ayuda que estas elecciones se vienen duras! Ahora el tipo que formó toda la estructura de estafa a los jubilados de la ANSES nos quiere contar que desde 2013 no es kirchnerista, y que no sabía nada de lo que pasaba. Una de las personas más corruptas –porque murió él- nos viene a dibujar que tiene planes que no logró en los doce años en los que llenó bóvedas de billetitos de color verde, y a decirnos lo que dice la amiga que te aconsejó no volver con tu ex: “Yo te avisé”; sobre todo resaltando que ya no es más la autoritaria y soberbia Presidenta que supo ser sino que viene de un receso político con el Dalai Lama. Otros nos quieren contar que a los señores de camisa celeste les tenemos que dar tiempo, y que si los votamos nos mandarán una #Agradeselfie. Y el rejunte de intendentes, funcionarios y cualquier otro ser que caminara por La Tierra, viene rogando un voto para demostrar que, aunque también bancaban el proyecto y repartían guita y colchones hasta en los lugares más remotos de la Provincia, son otra cosa.

A los 20 me di cuenta de todo eso, y de que lo peor no son estos tipos y tipas inescrupulosos, sino que los peores somos nosotros que todavía no nos revelamos contra la política argentina, que por mejor discurso que ofrezca, es y será de la derecha más asquerosa e insensible, y los votamos. A los 20 me di cuenta de que me venían diciendo que este país es de “tercer mundo”, pero en realidad somos de decimoquinto.

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